Es algo inmoral ¿verdad? eso de fantasear con la propia muerte. Pero este blog es una oda a la inmoralidad. Si se lo hubiera dicho al psicólogo segurito que me manda a la casa de la risa. Recuerdo que era (y es) una de las preguntas de cabecera de cualquier examen psicométrico: ¿Tiene o ha tenido pensamientos de muerte o de suicidio? Siempre contesté que no, pero la verdad es que lo he pensado desde muy niña. Cuando tenía 18 -por ejemplo- ideaba un secreto plan para poner una manguera del tubo de escape al interior del coche; encendería el motor; prendería el radio (me hubiera gustado una canción de Tracy Chapman: you got a fast car, but is fast enough so we can fly away... And your arm felt nice wrapped 'round my shoulder and I had a feeling that I belonged and I had a feeling I could be someone, be someone, be someone) y de un momento a otro el monóxido de carbono me haría cerrar los ojos...
¿Qué diría Fernando?... mmm, supongo que muchos lo han pensado, no sé. No soy suicida, jamás he estado ni cerca, sólo en la cabeza, digamos. Siempre hay algo -más allá de la cobardía- que me ha mantenido aquí. De una u otra forma la vida siempre me sorprende. No ha habido un sólo día (ni siquiera en esos días en los que sentía que ya me había cansado) en que no agradeciera algún gesto, un vaso con agua, una palabra, una sensación en la piel... Si me hubiera muerto antes no te hubiera conocido, ni muchas otras cosas insólitas, maravillosas, excitantes y conmovedoras de la existencia.
Así que ahora puedo decirlo: quiero vivir cada día, aunque a veces me toque llorar, aunque a veces fracase, aunque a veces me canse... Quiero llegar a ser una ancianita que le cuente cuentos a sus nietos, que escriba libros, que cocine comidas de dudosa sazón, que pinte cuadros de proporciones incomprensibles, que escuche música de 1600 al 2070 (si todavía ando por aquí), que saque a pasear al perro y que se ría un chingo.
Y me da miedo, muchísimo, la vejez me parece repulsiva. No creo para nada que mis abuelos la estén gozando. Nadie quiere llegar al punto en el que no puedes ir al baño por ti mismo, por Dios. Tampoco quiero llegar al punto en el que se me acabe esto que provoca que la gente me voltee a ver. Pero puedo tratar porque quiero vivir, lo que sea que eso signifique, sola o acompañada, arrugada como una pasita. Fue algo que dijo Natsu Nakajima a sus ¿65?: "Ahora soy más anónima y lo disfruto". De veras, proclamo como poética vital que el ego sólo estorba. Hay que consumir vanidades de la vida y no la vida en vanidades.
Por eso te escribo por última vez, Andrés de los ojos verdes (a veces azules), Andrés de las manos suaves, de los pies con juanetes, de la piel con sabor a delicia, de las sincronizadas y las conchas, de los infinitos libros, de la música flying v o piano Rachmaninov, Andrés de los abrazos profundos, de los orgasmos generosos, de la cicatriz de la barbilla, del miserable de cocina, de Doña Ventura para ver las estrellas, de la timidez seductora, de la hermosísima espalda, de la posición de dormir boca abajo, de la Romero de Terreros, del Moderno Am, de Poncelis, de Mouciño, Andrés del señor Paz, Andrés de Tex, Andrés de las maletas por Europa, de la mano en el seno de Julieta, de las peleas con Regina, Andrés enano morelos, de paliacate en la cabeza, de malvaviscos en el morral, del condón fosforescente, de Tomás Segovia, Andrés de Lupito Esparzi, Andrés de las Emitas, de Felipe, de Gerardo, de Pimen, de Jorge, de Chunga, de Adrián, de Leo, de Mar, de Leb, de Manuel, de los nuevos primos, del 31 de agosto, de las corundas hechas en sueños, del dinero encontrado en cada esquina, de la patada o la mochila aventada, del cuarto pintado de verde, del castillo en Alemania, de Joaquín Sabina, de los besos tan tuyos, tan míos, tan nuestros, tan perdidos... Andrés, Andrés, mil veces Andrés... mil veces IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.................. que es el nombre con el que te conocí y con el que todavía te nombro por simple hábito, por código genético, por lo que en mi cuerpo sigue enamorado profundamente de ti, de tu voz, de tu cuerpo...
Te escribo por última vez, amor que has dejado de ser mío porque -como dijo el padre en la misa de Abu- la vida no nos pertenece. Te escribo por última vez en este blog que tal vez nunca conozcas porque lo hago más por mí en el fondo; porque lo hago a manera de mandala, a manera de botella que lanzo al mar a ver si un día la encuentras, de teatro efímero, de literatura que (aunque esculpida en piedra y cerebro) como toda literatura desaparecerá... como todo desaparecerá del mundo y ¿quién nos dirá de quién en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?
Gracias por todo, Andrés, Andréus. Namaste, hermosura. Y que todo acabe como empezó, con un poco de literatura:
Alberto Suárez,-...
Dolores.- Así es mejor. De lejos, por ahora.
Y de hoy en adelante, vivamos hasta que alguien
nos fulmine de un balazo
o nos dispare un rayo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario