Esto se ha convertido en una verdadera obsesión, quizá la más grande que he tenido jamás. La razón principal es el duelo, la pérdida. Siento como si se me hubiera muerto alguien, aunque él esté vivo en Omega 300. Una posibilidad del mundo me ha sido vedada y yo no puedo hacer nada para evitarlo más que tratar de moverme para adelante equilibrándome como un funámbulo torpe.
Despierto a diario, a veces a las 5, a veces a las 7, sumida en pensamientos que poco puedo distinguir de los sueños. Pienso en él, en sus manos, en sus huesos iliacos; en la cicatriz del mentón, de cuando lo atropellaron de pequeño; en el lunar-mancha-cicatriz de su espalda; en sus ojos verdes –de vez en cuando azules- que tienen amarillo alrededor de las pupilas. Me pregunto qué estará pensando o haciendo en ese momento, si de casualidad él también me estará soñando. Lo imagino dormido boca abajo como acostumbraba. Reconstruyo el cuarto pintado de verde; la fotografía del castillo en Alemania; los libreros atiborrados; el escritorio cubierto por un vidrio debajo del cual hay varias imágenes, el perfil de una mujer que dibujé hace muchos años…
Trato de volver a dormir, de relajar el cuerpo parte por parte. La mayoría de las veces fracaso irremediablemente y me quedo en el calor de la cama pensando incesantemente. Podría levantarme y hacer algo que podríamos calificar de productivo, por ejemplo, ordenar los papeles que se acumulan en el escritorio. Desde luego no hago nada, renuncio sin más y me dejo llevar por la avalancha de recuerdos, de preguntas, de sensaciones. En la boca del estómago la angustia crece y decrece, como los movimientos de una sinfonía. También la siento en la mandíbula, en la espalda. Es mi aprehensión tratando de poner las piezas juntas, de hacer que algo tenga sentido, de salvarme del absurdo.
Lo más vital, el impulso que me permite levantarme y seguir con esta sucesión de instantes es la escritura. De alguna forma, poner en palabras esto que me ocurre, esto que soy. Seguramente es de lo más cursi, como lo de la luciérnaga. Nadie se atreva a decirme: “no lo juzgues, no te juzgues”. Lo juzgo y aún así no encuentro aún otra forma de asir el mundo, de nombrarlo; de encontrar algo de fe.
