Alguna vez -hace algunos meses- alguien que me vio crecer durante un buen tiempo (1/4 de mi vida, más o menos) me dijo que mi cara había cambiado muchísimo, que ahora (ese momento) mi cara era de mujer. Así lo dijo: "de mujer". Yo me sorprendí. No me había dado cuenta del cambio operado, pues me veo a diario. Pregunté: "Y ¿cómo era antes?" "Tenías cara de niña", fue la respuesta, "como en esa foto en la que estás pintando una Virgen de Guadalupe".
En estos días pienso sin cesar en esa conversación. Cuando ocurrió no le di importancia o no quise dársela. Hace poco en otra conversación de atardecer, el tema volvió a surgir: el cambio de los rostros. "No sé, se veía más mujer."
Durante esta noche de domingo (los domingos son pa´ pensar) me pregunto sobre ese movimiento de la vida. ¿Qué significa, por ejemplo, ver una amiga de la primaria y no tener absolutamente nada que decirle? ¿Cómo es que cambiamos tanto durante este extraño éter llamado tiempo? En alguna medida nos vamos haciendo extraños los unos a los otros... No puedo explicarlo exactamente, es una sensación rara, como la de darse cuenta de que la propia cara ya no es el misma.
Encontramos, conocemos, desconocemos, desencontramos.... C´est la vie! Es difícil de explicar: la melancolía y la alegría coexisten. A veces me da hasta melancolía del futuro (oxímoron, n´est pas?)... los instantes no duran nada, las mañanas como la de hoy, por ejemplo. En cuanto me doy cuenta de que la estoy viviendo ya se está yendo... así, "en chinga"... y a pesar de ello, hay algo que me maravilla de esta vida compuesta de instantes efímeros.

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